Todos tenemos un momento de nuestra vida en el que aprendemos la diferencia entre esos dos términos. No sólo en el sentido semántico, sino en cuanto afecta a la realidad en la que nos movemos. Por definición, una ley debería ser justa, por cuanto trata de garantizar un entorno social libre de peligros, riesgos e, incluso, de maldad en el que desarrollarnos. Y, sin embargo, muchas veces no es así. Hay leyes injustas, excesivas. Y hay aplicaciones de otras que sobrepasan los límites racionales del sentido común.
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Archivo de 3/08/07
