Pare, que yo me bajo aquí

Durante los años que llevo trabajando como editora (4 recién cumplidos) me ha tocado toda clase de taxistas en mis vueltas al hogar a horas indecentes. He tenido al hortera que parecía sacado de cualquier película de Almodóvar, al facha por antonomasia, al plasta que no se calla ni debajo del agua, al gracioso que no tiene gracia… Pero también al comprensivo que no habla porque te ve cansada, al que te pone música agradable, relajante o que incluso te pregunta qué quieres escuchar… Y, por encima de todos, estaba Jose. Jose y su monovolumen, que siempre aparecía los días que más tarde salía, y que desde el segundo día se aprendió el camino a casa y me dejaba dormir…

Y aunque los he tenido buenos, malos, regulares y peores, nunca, hasta ayer, me había tocado el taxista psicópata suicida. Y es que lo tenía todo. Desde pensar que todos los carriles de la carretera eran suyos hasta no prestar atención a las indicaciones que le daba hasta el último momento o pensar que las normas de tráfico son para los demás. Varios volantazos y conatos de accidente después de subirme en la puerta del trabajo, me entraron ganas de decirle: “Pare, que yo me bajo aquí”. Lástima que estuviéramos en plena carretera de Toledo, con el Hospital de Getafe a la derecha (la ayuda médica habría tardado poco en caso de haber fraguado cualquiera de sus intentos de acabar conmigo) y un polígono industrial a la izquierda. Así que apreté los dientes, supliqué un poco de compasión a algún ente superior (si es que los hay) y aguanté hasta casa. Bueno, hasta la esquina de mi calle, que el resto lo hice andando por no pasar más miedo…

Y es que esto de los taxistas, o en general de la gente que tienes frente a ti cuando contratas un servicio (camareros, vendedores, frutero…) es una lotería. Una ruleta de casino.

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El problema es que yo sólo he ido al casino una vez en mi vida, y no es que lo disfrutara mucho, aunque gané. Quizás porque el dinero que aposté no era mío y me daba tal cargo de conciencia perderlo que me limité a pequeñas apuestas de 500 pesetas (siempre las mismas 500 pesetas, porque gané varias veces y nunca subí la apuesta). Quizás porque el azar no termina de convencerme realmente. Ni en el juego ni en nada, porque aunque acepto que hay una parte de casualidad en nuestro día a día, es lo que hacemos con ella lo que realmente marca la diferencia. O quizás porque no entendía bien las reglas de algunos juegos.

Y es que a veces me pasa eso. Que no entiendo las reglas. Algunos dicen que, en realidad, las vas haciendo a cada paso, y es posible que eso sea lo que me despista, que yo empiezo con algunas normas básicas que creo que son universales y ahí fallo. O fallo al comunicarlas, o al preguntar cuáles son las del otro, o… Al final, me acabo poniendo nerviosa y tiendo a apostar a negro cuando, en realidad, debería poner todas mis fichas en el rojo.

Y lo peor de no entender las reglas es la cara de tonto que se te queda cuando ves a los demás ganar. Incluso cuando ves tus ganancias. Y descubrir que, en el fondo, ir así por el mundo es como acercarte a uno de esos engañosos cactus (Mammillaria candida, por ejemplo).

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Parecen suaves, hermosos e inofensivos y, si te acercas 2 milímetros más de lo permitido, andas quitándote espinitas 3 días. Y cuando crees que ya has acabado, todo vuelve a empezar al descubrir una nueva púa, pequeña, débil pero profundamente dolorosa, incrustada en tu piel. Y sabes que no será la última.

Quizás debería cambiar la forma de hacer las cosas y empezar explicando yo mis reglas, asegurándome muy ben de que quien me escuche realmente me entienda. Es posible…

De momento sólo diré aquello de “hagan sus apuestas, señores y señoras, hagan sus apuestas”.

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Acerca de Tindriel

Geek, Freak, adicta a las series y los buenos libros, a veces creo que trabajo para poder seguir trabajando en mi tiempo libre.
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2 respuestas a Pare, que yo me bajo aquí

  1. molecula dijo:

    “Quizás debería cambiar la forma de hacer las cosas y empezar explicando yo mis reglas, asegurándome muy ben de que quien me escuche realmente me entienda.”

    No hay como dejar claritas desde el principio las reglas del juego para evitar posteriores escurridas de bulto, que es a lo que los demagogos llaman “malentendidos”. Si luego las cosas han de cambiar, que siempre sea por consenso.

    De modo que marque usted el paso que le apetezca, mi querida individua: al que no le encaje, que arree.

    Nos vemos en las retrataúras de mañana. Bonicos vais a salir, coño.

  2. capitannapalm dijo:

    Hahahaha.

    A mi me pasa algo parecido, sólo que he aprendido a tener una relación con la suerte que no me molesta:

    Yo le concedo a ella que es muy importante, pero actúo en el día a día como si no existiera. No confío en ella, no la fuerzo o le pido cosas (No juego a nada, me parece obsceno), si puedo, no acepto cosas que sólo dependen de ella, y si no tengo más remedio que depender de ella, me preparo mentalmente para lo peor.

    Porque la fortuna es una mujer, y como la trates muy bien terminará pasando de ti.

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