¿Tanto nos parecemos?

Me encantan los gatos. En general. Me parecen divertidos, cariñosos, fieles e independientes. También me gustan los perros, ojo (de hecho mi primera mascota fue un pastor alemán al que tuvimos que dar cuando me sacaba a pasear volando), pero siempre supe que cuando me fuera de casa a vivir sola, tendría gatos. Bueno, en realidad quería uno. Y que fuera negro. Así que en cuanto me instalé en la casa que alquilo al banco, y alquilaré durante muchos miles de años, no tardé ni dos días en tener nuevo inquilino:

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Empezó siendo una pequeña bola de pelo negro que nunca maullaba y que se escondía detrás de la lavadora. O lo intentaba, porque decidí que nada de eso de darle no sé cuántos días para que se aclimatara a la casa y a mí. A la casa podía tardar lo que le diera la gana, pero la misma noche en que llegó íbamos a ser amigos. Por mis narices.

Ulysses es tierno y blandito, y suave. Y tiene el tamaño de una pequeña pantera, porque estoy segura de que dejó de ser gato hace mucho. No está gordo, no. Es Grande. Con mayúsculas. Es la almohada de los demás, y me usa a mí como almohada (hay toda una jerarquía montada en mi casa en la que, obviamente, yo ocupo el último lugar y Ulysses el más alto). Le gusta dormirse en el sofá abrazado a mí o encima de mi cara, no tiene problemas con ello. Le gustan Lost y Galáctica, y lo sé porque es con lo único con lo que presta atención a la tele. Sí, se queda despierto, sentado muy cómodo, mirando fijamente. Pero sobre todo se parece a mí en que es Torpe. También con mayúscula.

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Cuando era pequeño no sabía trepar al sofá. Le costaba saltar, y cuando se subía a la mesa existía una alta probabilidad de que acabara en el suelo si se empeñaba en caminar por el borde. Si le coges y le dejas caer puedes apostar a que, seguramente, acabe dándose un golpetazo. Me recibe con maullidos reprochadores que me recuerdan escenas de mujeres con rulos y rodillos esperando junto a la puerta. Y si paso demasiados días fuera, entonces ni me recibe. Le asustan los truenos y los relámpagos, los fuegos artificiales y la aspiradora. Tampoco es muy fan de la música alta. O de los globos. Antes ronroneaba como un motor, pero ya nunca lo hace. Como mucho emite un ruidito muy extraño. Y no es que esté a disgusto, es, simplemente, que dejó de hacerlo cuando llegó la segunda.

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Así de mona e inofensiva parecía Korma cuando llegó. Elegida hace dos años de entre un montón de gatitos, lo cierto es que no se vino sola. La acompañó Lila.

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Fui con mi pareja de entonces a elegir una gatita atigrada como regalo de cumpleaños, y elegimos a Korma. Pero la otra enana decidió que nada de eso, que ella también quería, y se metió en mi bolso. Si alguien me conoce no le sorprenderá saber que desde ese momento yo estaba perdida. Ni se me ocurrió sacarla del bolso y dejarla. Así que nos llevamos a las dos entre maullidos y ronroneos. En la visita obligada al veterinario ya empezamos a ver el carácter de cada cual. Lila se dejó hacer con carita de resignación, sin casi quejarse. Korma, en cambio, al ver cómo el veterinario clavaba una aguja a su hermanita, entró en frenesí. Sacaba las pequeñas patas por los huecos del enrejado del trasportín y así, apoyada por las axilas, en vilo, lanzaba manotazos con las uñitas a punto.

Pasado el primer trago, tocó el segundo. La casa nueva con rey en el trono. Les metimos en la misma habitación al rato. Ulysses bufó, Lila se escondió detrás de un mueble del susto y Korma…. se plantó delante de Ulysses, le bufó y le dio un pequeño manotazo. Y ese fue el comienzo de un amor y una adoración mutuas.

Korma era algo más arisca, pero en general era bastante cariñosa y alegre, y ronroneaba. Hasta que Lila se murió y se convirtió en una gata mucho más arisca. No dejaba que nadie, ni siquiera yo, se acercara a ella. Jamás salía a recibirme. No venía a por mimos. Sólo una excepción, cuando la castraron, que sólo comía de mi mano.

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Dos años después de todo eso, y gracias en parte a Didi, Korma vuelve a ser cariñosa. Se sube a mi regazo y sale a recibirme. Aparece cuando hay visita y bufa mucho menos que antes. Posiblemente nunca sea la misma que entonces, pero vamos mejorando. A cambio, me hace reír con su fetichismo por los complementos, especialmente bolsos y zapatos. Cada vez que alguien viene a casa, o que yo me compro unos nuevos, no se queda tranquila si no lo marca convenientemente. Se restriega y se restriega. Se duerme encima de los bolsos al menor descuido y adora meter la cabeza en los zapatos. Y devora, literalmente, los libros de Neil Gaiman. Sólo los de Neil Gaiman.

Después de lo que ocurrió con Lila pensaba que dos gatos eran más que suficientes, pero entonces me encontré a Didi en la estación de Atocha y, una vez más, estuve perdida. Y quien diga que él no, no tiene corazón…

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Si Ulysses es torpe y Korma independiente, Didi es… maniática. Le gusta el agua, mucho. Desde el primer día. A veces se mete en la ducha conmigo, otras, se deja caer en la bañera cuando está llena. O en el fregadero. Otras, simplemente, mete las patas en el cacharro del agua.

Ella no sale a recibirme, se espatarra en el salón o, mejor, en el cuarto de baño. Sí, es su habitación preferida. Y su rincón, donde esté la toalla del suelo. Que, por supuesto, debe estar extendida, a poder ser. O en el borde de la bañera, en segundo lugar. Pero nunca, nunca, nunca, encima de la papelera del baño. O maullará y maullará hasta que alguien la quite y la coloque bien. No, ella no puede. A pesar de que es casi tan alta como la papelera. ¿He dicho ya que es maniática?

Ella va a su aire, salvo para dormir. Por la noche, me refiero. Entonces, cuando cree que ya ha llegado la hora, viene a buscarme al salón. Se sube al dsofá, maúlla, ronronea, me mulle, se sienta sobre el teclado del portátil, se tumba sobre el libro o se planta delante de la tele. Lo que haga falta. Y cuando, rendida, accedo, empieza la otra pelea.

Porque a ella le gusta dormir dentro de la cama, debajo del edredón, en mi regazo. Pero sólo si miro hacia la pared. Si duermo sobre el lado derecho, mirando la estantería, entonces no. Pero no me deja hacerlo, así que maúlla, ronronea y me muerde el pelo hasta que me doy la vuelta. Y entonces es feliz. Lleva dos días enfadada porque por fin he quitado el edredón. Y lo echa de menos. Lo dicho, maniática…

Y es que va a ser verdad lo de que las mascotas se acaban pareciendo a sus amos, sólo que yo estoy dividida entre tres… Y sí, todos adoramos el pollo y lo echamos terriblemente de menos. Antes los domingos eran día de festín…

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Acerca de Tindriel

Geek, Freak, adicta a las series y los buenos libros, a veces creo que trabajo para poder seguir trabajando en mi tiempo libre.
Esta entrada fue publicada en Metamorfosis, Mi vida, Para sonreir. Guarda el enlace permanente.

4 respuestas a ¿Tanto nos parecemos?

  1. Níniel dijo:

    Me ha encantado este post. Y me ha recordado un montón a mis gatos 🙂 No sabía que Lila se había muerto, pobreta. Lo siento mucho, de verdad.

    Y entiendo lo que dices con estar perdida… a mí me pasó con Sidney. Los de la asociación de animales nos habían dado mal la información, y la pobre estaba hecha polvo, con hongos, rinotraquenoséqué, y asustadísima. Además, era una gata, cuando nos habían dicho que era un gato. En ppio no nos la íbamos a llevar por si Miles se contagiaba, pero desde que la vi, supe que me la llevaba. Y pasamos unas semanas chungas con la cuarentena en el piso de 50m2, pero algo más de un año después está estupenda y se lleva fenomenal con Miles 🙂

    Un saludo!

  2. persefone dijo:

    Nena, parece que estés hablando de tus hijos. Yo tengo que reconocer que Ulysses me ganó desdé el primer día que lo ví (y eso que a mí no me hacen mucha gracia los gatos).

  3. luciana dijo:

    hermososs los gatitos

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