Curso de Ética Periodística I

Hace muchos muchos años (17 para ser exactos, según san IMDB) existía un programa televisivo de esos que ya no hacen, en los que la actualidad, la mala leche y las gafas de sol se unían para animarnos los fines de semana y lograr que nos riéramos de la camorra que nos gobernaba entonces (Francesc dixit). A pesar de lo que pueda parecer no hablo de Tómbola, sino de Caiga Quien Caiga. Por aquel entonces yo era una ingenua estudiante de Veterinaria que no tenía intención alguna de pasar el resto de su vida laboral rodeada de Redactorpes, pero aún así había una sección del programa que me volvía loca. Y esa no era otra que el Curso de Ética Periodística que presentaba Juanjo de la Iglesia. Para los que no lo recuerden, aquí tienen una recopilación gloriosa. Bueno, y para los que lo recuerden también, que nunca viene mal reírse un rato:

Por supuesto, mis queridos Redactorpes seguro que también lo veían y adoraban, y es por ello, y para afilar mi ingenio, que me bombardean con perlas parecidas cada día. Sin embargo ayer, salvo por una pequeña escaramuza respecto a cómo escribir el nombre de la consola de videojuegos más famosa de Sony, nuestros problemas con la ética periodística fueron otros, más acordes con lo que se supone debíamos aprender en el curso de igual nombre que teníamos en la carrera. Claro que, teniendo en cuenta que duraba un cuatrimestre y que se daba en cuarto (cuando ya habías hecho prácticas durante al menos un par de años), era una asignatura predestinada a fallar miserablemente en nuestra formación.

Pero volvamos a nuestra historia, que me voy por las ramas. El martes pasado recibimos en la redacción una llamada en la que alguien, no identificado, ofrecía imágenes de una noticia. Bueno, de un cotilleo, más bien. El tipo en cuestión no pidió dinero ni nada de eso, pero se le despachó con un “No nos interesa, muchas gracias por llamar”. Y durante unas horas yo viví en una preciosa realidad alternativa en la que mis jefes habían recapacitado y habían visto la luz durante mi baja médica. Sin embargo, ayer el tema volvió a salir a colación. ¿Por qué? Pues porque mis jefes habían decidido publicar el cotilleo en cuestión, sin imágenes ni más información que el titular dado por el redactor callejero anónimo. Era lo de “No dejes que la verdad te estropee un buen titular” llevado al extremo. Pero como ya nos conocemos y mis ganas de pelear por estupideces no eran muy elevadas, dejé pasar ese tema. No así el hecho de que estuviéramos usando la información que alguien se había ofrecido a proporcionarnos sin que lo supiera. Así que solté un “Pues me parece fatal que demos esto” que, claro, no pasó desapercibido.

Pronto nos enzarzamos en una discusión sobre la ética de dar una noticia de este modo. Evidentemente el tema de citar fuentes se recibió como una broma de mal gusto. Pero lo que es peor es que nadie parecía entender que, de momento, la noticia le pertenecía al tipo que nos había llamado para ofrecérnosla. Según ellos, toda la información pertenecía al público, y no a los periodistas ni a los medios. Y en un mundo ideal me parece perfecto. Pero no vivimos en un mundo ideal. Porque por las exclusivas fotográficas del rey en un yate, o por los papeles de Bárcenas, se paga. Y bastante. Nadie duda de que en ese caso la información pertenece al que la ofrece, hasta que alguien paga por ella y, en ese momento, pasa a ser suya (del ¡Hola!, El País o la Hoja Parroquial). Luego el medio hace con ella lo que quiere, y a todos nos parece muy de puta madre. Pero claro, se me olvidaba un pequeño detalle. Resulta que el señor informador no era periodista. Y eso, aparentemente, lo cambia todo.

-A ver, si la información es suya lo menos que podemos hacer es llamarle y pedirle permiso para usarla, digo yo. Que aquí cuando otros nos mandan propuestas de reportajes, o fotografías, no las usamos si no pagamos por ellas. O si no llegamos a un acuerdo con el que las ofrece.

-Pero es que esas cosas nos las mandan periodistas, no señores de la calle que se han encontrado a una folclórica en El Corte Inglés y pretenden cobrarte por ello.

-Bueno, no sabemos si este señor era periodista. Ni si quería cobrarnos. Pero, sobre todo, ¿qué hay de malo en que quisiera cobrar por una información? Todo el mundo lo hace…

-Pues que no era periodista…

-Y dale, que eso no lo sabemos. Además, ¿qué hace a un periodista? ¿Un carnet?- vale, aquí nuestra intrépida heroína se metió en un berenjenal del que nunca sale nada bueno, pero es que a veces le pierde esa boquita que tiene.

-Pues sí, alguien que ha hecho la carrera, claro…

-¿Eres consciente de que nuestro jefe supremo, el director de esto, no estudió Periodismo?

Y aquí ya pasamos al bucle de que la información es del público. Igual a partir de ahora empezamos a fusilar directamente las noticias que aparezcan en otros medios sin pagar por ellas, que para eso son del público ¿no? Sería una buena forma de reducir gastos…

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Acerca de Tindriel

Geek, Freak, adicta a las series y los buenos libros, a veces creo que trabajo para poder seguir trabajando en mi tiempo libre.
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5 respuestas a Curso de Ética Periodística I

  1. Y si hubieran pasado, sin tomar aire, a poner a parir a un medio que replicara una noticia vuestra sin citaros, ya hubiera sido para orgasmo. 🙂

  2. Eso ya lo han hecho 😀

  3. tereixinha dijo:

    17 años, ¡joder que viejas somos! Y lo que me ha quedado es la duda en qué dudas pueden surgir a la hora de escribir el nombre de la consola de marras xD

  4. CP dijo:

    Y si solo es un testigo, por lo menos citarlo, pero bueno, lo dejas todo muy bien explicado, sniff, sniff

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