Semana Negra

Mañana me voy a la Semana Negra. Uno de esos eventos fijos en mi calendario desde hace 4 años. Un espacio mágico donde el tiempo se detiene y el estatus social importa poco. Donde eres capaz de codearte con autores laudeados, mitos vivientes y simples (nunca lo son) amantes de los libros. Donde viajamos con la imaginación y la palabra a lugares que existen en otros universos, muchas veces mejores que el nuestro. Mi maleta suele tener poca ropa y muchos libros. Y acaba siempre volviendo con más ropa (calculo fatal lo que voy a necesitar) y más libros aún. Y cargada de conversaciones a la luz de la luna, y experiencias de esas que no puedes contar, porque pierden la magia del momento.

Hace un año me pidieron para la web de la Semana Negra que escribiera un pequeño texto de por qué era importante para mí. Hoy lo rescato, con el deseo de que, durante un instante, sintáis lo mismo que yo cuando por fin, por primera vez, me subí al Tren Negro.

Esto es la Semana Negra… y sigue.

La primera vez que fui a la Semana Negra ni siquiera estaba allí. Fui con mi imaginación de niña de 10 o 12 años que ve una fotografía en blanco y negro en un periódico. Recuerdo con claridad la sensación de querer ir allí y subirme a aquel “tren negro”, que por entonces pensaba que recorría Gijón hasta llevarte al recinto.

Pasaron unos 20 años hasta que logré, por una de esas carambolas del destino, sentarme en uno de los asientos del tren más lento y divertido del mundo, con una sensación entre emocionada y asustada que impidió que entablara conversación con nadie durante la primera hora, más o menos. Debía ser tan evidente mi estado que fue Marisa la que me presentó a la primera persona. Alguien con quien hablar. Y a partir de ahí todo fue rodado, porque en cuanto me relajé, me sentí como en casa. Han pasado 3 años desde aquel día, 3 años en los que no he hecho más que acumular maravillosos recuerdos que podrían llenar este blog entero. Sin embargo, si tuviera que reducirlo todo a uno, tengo muy claro cuál sería.

Fue aquel primer año, una de las primeras noches, si no la primera. Había estado compartiendo cervezas y charla con buena parte de la variopinta fauna que puebla la terraza del hotel Don Manuel durante la Semana. Habíamos hablado de libros, de autores, de noticias y medios de comunicación, de lo humano y lo divino. Y llegó la hora de retirarse cada uno a la seguridad de su cama, aunque yo no tenía ni pizca de sueño, si hay que ser sincera. Emprendí el camino al hotel y se me unió Elia Barceló, que se alojaba en el mismo. Elia Barceló, nada más y nada menos. En las estanterías de mi casa descansaban por aquel entonces El mundo de Yarek, El vuelo del hipogrifo y El secreto del orfebre. Tres libros que había devorado y disfrutado como pocos. Y de pronto tenía a su autora caminando a mi lado por las calles de Gijón. Hablándome como si nos conociéramos de toda la vida. Y yo, de nuevo, nerviosa como una niña pequeña a la que llevan a ver a Papá Noel por primera vez. Hasta que Elia hizo algo que rompió todos mis esquemas y me hizo reconstruirlos de nuevo: me cogió del brazo mientras me contaba por qué amaba tanto la Semana Negra. Me desarmó completamente. Y comprendí, en ese mismo instante, que yo también me había enamorado de la Semana Negra. Sin remedio y sin esperar a cambio nada más que poder disfrutarla unos días al año.

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Acerca de Tindriel

Geek, Freak, adicta a las series y los buenos libros, a veces creo que trabajo para poder seguir trabajando en mi tiempo libre.
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