Noches de insomnio

Desde que tengo 19 años he pasado por épocas de insomnio. De días eternos en los que la noche no era más que la sucesión tranquila del día. Donde apoyar la cabeza en la almohada sólo llevaba a la desesperación. Normalmente han ido asociadas a épocas de estrés, así que en vez de hacer lo que todo el mundo me decía (darme una ducha caliente, tomarme una infusión, hacer ejercicios de respiración…) yo me dedicaba a seguir trabajando. En lo que fuera. Así descubrí que en general soy mucho más productiva de noche que de día. Mental y físicamente. Aunque lo de físicamente procuro no aplicarlo demasiado, que no creo que mis vecinos valoren mi habilidad como decoradora amateur a las 3 de la mañana.

Hacía un tiempo que no tenía una noche de estas en las que los ojos no se cierran. Entre otras cosas porque en un cajón de la cocina guardo pastillitas para envolverme en el abrazo de Morfeo hasta el día siguiente. Solo que no las uso.

En estas noches, a veces me da por redecorar mentalmente la casa y planificar las cosas que compraré al día siguiente. Otras, por ver películas y series hasta hartarme. Otras, por escribir. Las más, por leer. Y, en general, por pensar. Sobre lo que sea. Hoy, como además de insomne estoy dándole vuelta a las películas que he visto esta tarde, no se me ocurría de qué escribir. Así que he usado las redes sociales para buscar inspiración. Y la he encontrado.

Forges 2

Cada uno entiende la incomunicación como le da la gana. O como ha aprendido a entenderla. Para unos es no tener a nadie con quien hablar. Para otros, no tener a nadie que te escuche. Y, en general, implica mantener monólogos con aspecto de diálogos.

Esta tarde he visto Gravity. La premisa: una mujer queda varada en el espacio, sin más contacto humano que un compañero astronauta y el cielo como testigo de sus intentos por regresar a un lugar seguro. La protagonista (una Sandra Bullock que me ha impactado) es una mujer incapaz de comunicarse con nadie. Varada en su propio espacio, vacío, sin testigos. No habla, casi no escucha, no avanza.

Y quizá sea eso mismo lo peor de la incomunicación, de la de cualquier tipo. No avanzar. Quedarte parado en un instante concreto, sin posibilidad de ir para delante. Porque hablar y escuchar y mantener verdaderos diálogos no es sólo usar el lenguaje para contar cuentos, reales o inventados. Es aprender. De ti mismo y de los que te rodean. Es encontrar soluciones a problemas que muchas veces ni sabías que existían. Es compartir, abrirte, vivir. ¿De qué sirve que alguien hable si nadie le escucha? ¿O si sólo emite ruido blanco?

Vivimos en la era de la comunicación. Donde 140 caracteres cuentan  un instante que queremos que sea la definición de una vida. Donde un botón virtual, un “Me gusta”, implica decir “Estoy de acuerdo”, sin profundizar más. Donde tenemos mil voces que nos hablan cada día, sin poder pararnos a escuchar todas, porque no hay tiempo, ni ganas, ni cerebro capaz de asimilarlo todo. Tenemos amigos que no hemos visto en años, seguidores, compañeros de aficiones. Pero a veces estamos solos, gritando en un desierto en el que nadie escucha, porque no tienen tiempo, ni ganas, ni cerebro. Porque si no están mirando en ese mismo instante en el que hablas tu perfil en Facebook, o en Twitter, en tu blog, las palabras se pierden en el ciberespacio. Como Sandra Bullock en Gravity. Mantenemos monólogos a deshoras. Compartimos la frustración, las alegrías, las noticias, los sentimientos, cruzando los dedos para que alguien recoja tus palabras. Y nos escudamos en eso. Usamos las redes sociales, en muchas ocasiones, como un tablón de anuncios de quiénes somos. Pero otras, demasiadas, porque no podemos callarnos algo aunque, en realidad, no queremos decírselo a nadie. No queremos respuestas. No queremos avanzar.

Hoy, en el cine, han puesto el tráiler de El quinto poder. Y hay una frase que me baila en el cerebro desde entonces. “Dale a alguien una máscara y te dirá la verdad”. La nuestra no es el anonimato. Es la omnipresencia en estas redes sociales que son muchas cosas, pero no sociales. Porque si lo decimos en Facebook, ¿qué necesidad hay luego de repetirlo cara a cara? Y así, gritando en el desierto, olvidamos los diálogos. Olvidamos aprender. Cerramos la comunicación. Nos ocultamos a nosotros mismos, y a los demás, lo que somos. Perdemos la oportunidad de mirarnos en el espejo de otro. Porque, si somos capaces de la brillantez en 140 caracteres, no nos arriesgaremos a saber si en un párrafo podemos acabar con esa impresión, que puede durar más que una verdadera, que una conversación real cara a cara.

Siempre he dicho que me gusta aprender. A ratos, saltando de una materia a otra. Pero igual que tengo parones en esos intentos de volverme más sabia, los tengo en la labor de volverme más sabia sobre mí misma y los que me rodean. Imagino que como todos. Pero cuanto más lo haces, más difícil resulta volver al sano punto de partida. Y, en realidad, este es el único aprendizaje que realmente merece la pena. Con el que viviremos y tomaremos las decisiones realmente importantes.

Antes, cuando escuchaba aquello de “Quien tiene un amigo tiene un tesoro” pensaba que hablaban de lo difícil que es encontrar a alguien a quien llamar a cualquier hora para contarle algo bueno o malo que te ha pasado. Alguien que fuera honesto y te apoyara pasase lo que pasase. Que te quisiera incondicionalmente, a pesar de todo. Ya no creo eso. Mis amigos son un tesoro porque son capaces de eso, pero también de mucho más.

Tengo un amigo con el que, cada vez que nos juntamos, acabamos hablando de cosas sobre las que no hemos pensado en siglos. A veces es sobre filosofía, otras sobre religión, sobre política y políticos, sobre principios, sobre arte y cómics y gatos y libros y vinos y Fórmula 1. No siempre los diálogos son sobre lo humano y lo divino. Pero siempre aprendo algo. Si prefiero las historias de superhéroes o de humanos mediocres tratando de sobrevivir. Si prefiero evadirme en mundos fantásticos o sumergirme en las vidas de gente que es como yo, que vive lo que yo. Si prefiero la imaginación o la capacidad de mostrar las cosas tal y como son. Si soy intrínsecamente mala o aún tengo fe en la bondad del ser humano. Sobre si me comunico o vivo aislada en mi propio vacío. Tengo un amigo que es un tesoro no porque pueda contarle mis penas, sino porque cada vez que le veo tengo la sensación de haber hecho un máster en la vida. Porque con cada diálogo descubro un pedazo de mí, y de él, y de otros que nos rodean.

La incomunicación es una mierda no porque te sientas solo, sino porque estás encallado. Debemos dejar de escondernos detrás de máscaras de 140 caracteres y dar la cara al mundo. Abandonar nuestra zona de seguridad. Acabar con la censura y el silencio que nos imponen y nos imponemos. Abrir las ventanas y decir “Esta soy yo, pero quiero aprender de ti”.

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Acerca de Tindriel

Geek, Freak, adicta a las series y los buenos libros, a veces creo que trabajo para poder seguir trabajando en mi tiempo libre.
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4 respuestas a Noches de insomnio

  1. Imperator dijo:

    El Me Gusta es irónico 😛

  2. Tindriel dijo:

    ¿Porque no estás de acuerdo? ¿Porque odias la entrada? ¿Porque me odias a mí?…

  3. Tindriel dijo:

    Es que contigo nunca se sabe 😉

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