Editorpes

Desde que el tiempo es tiempo, o desde que el hombre descubrió el fuego, el sistema de trabajo en mi redacción ha sido siempre el mismo. La redacción se reúne y se selecciona lo que irá en la revista y cuánto espacio ocupará en el número. Luego se informa a edición, fotografía y maquetación, para que vayan haciendo maquetas, localizando imágenes y buscando información sobre el tema para tener una ligera idea del tema. Maquetación realiza un planillo para que las dos secciones (la suya y la mía) sepamos cómo evoluciona el cierre. Luego, comunica a los redactores del número de caracteres (aproximados) de sus temas y mientras van realizando la maqueta. Una vez terminada, se pasa al redactor, para que éste ajuste lo que necesite ajustar.Una vez hecho eso, el redactor, o redactorpe, lo envía de nuevo a maquetación. Y es aquí donde entramos en juego los editores.

Así que supongamos que todo lo anterior ha ido bien ¿vale? Supongamos que el redactor no ha decidido pasarse por el forro las especificaciones de maquetación y escribir como si tuviera 8 páginas más. O que no ha decidido redimensionar las fotos, o los recuadros. O lo que sea. Supongamos que es un redactor y no un redactorpe.

Maquetación coge el documento, lo revisa y nos lo pasa a los editores. ¿Y cómo se hace eso? Fácil. Por un lado, se copia el documento final al servidor, en la carpeta llamada EDICIÓN. Y, además, escribe en un folio los temas según los van pasando. Este paso, que parece redundante, se ha convertido imprescindible desde que decidieron cambiar los servidores y los de ahora no se refrescan automáticamente. Y, claro, los lunes podemos estar refrescándolos manualmente cada 5 minutos, pero no los martes o los miércoles. Esos días necesitamos saber cuándo refrescar y cuándo podemos hacer otras cosas (ya sea ir al baño, fumar un cigarro o, incluso, comer). Así que si la maquetadora no escribe su tema en ese maldito folio, el cierre se retrasa. Mucho.

Pero si bien eso es malo, es peor cuando es el editor el que no sigue el manual. Porque nosotros también tenemos un sistema. Cada vez que uno coge un tema, lo tacha del folio. De esa forma podemos ver de un solo vistazo que se ha hecho o se está haciendo, qué queda, cómo de larga es la lista… Y sí, again, cuándo narices podemos parar a comer. Pero ¿y si no lo haces? ¿Qué es lo que ocurre? Pues sí, lo evidente. Que otra persona lo coge, lo tacha y empieza a trabajr en ello. Y, generalmente, nadie se da cuenta de que hay dos personas haciendo excatamente el mismo trabajo. Eso no sólo retrasa el cierre, además me cabrea. Mucho. Porque anda que no es sencillo tachar el tema del folio y comunicar a tu compañero, al que tienes al lado, en qué narices vas a trabajar. Vamos, yo lo hago todos los días y no me he quedado ciega, muda ni se me han caído los dientes.

Pues no, debe ser que el sentido común no es un requisito para trabajar en mi empresa. Así que cada semana me encuentro con que estoy trabajando en balde en al menos un tema. Ayer, dos de julio, fueron tres. Seguidos. Y uno era un tema de, 10 páginas, nada más y nada menos.

Así que aquí os presento una nueva categoría, los editorpes, que ayudan a que mis semanas sean mucho más interesantes…

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Curso de Ética Periodística I

Hace muchos muchos años (17 para ser exactos, según san IMDB) existía un programa televisivo de esos que ya no hacen, en los que la actualidad, la mala leche y las gafas de sol se unían para animarnos los fines de semana y lograr que nos riéramos de la camorra que nos gobernaba entonces (Francesc dixit). A pesar de lo que pueda parecer no hablo de Tómbola, sino de Caiga Quien Caiga. Por aquel entonces yo era una ingenua estudiante de Veterinaria que no tenía intención alguna de pasar el resto de su vida laboral rodeada de Redactorpes, pero aún así había una sección del programa que me volvía loca. Y esa no era otra que el Curso de Ética Periodística que presentaba Juanjo de la Iglesia. Para los que no lo recuerden, aquí tienen una recopilación gloriosa. Bueno, y para los que lo recuerden también, que nunca viene mal reírse un rato:

Por supuesto, mis queridos Redactorpes seguro que también lo veían y adoraban, y es por ello, y para afilar mi ingenio, que me bombardean con perlas parecidas cada día. Sin embargo ayer, salvo por una pequeña escaramuza respecto a cómo escribir el nombre de la consola de videojuegos más famosa de Sony, nuestros problemas con la ética periodística fueron otros, más acordes con lo que se supone debíamos aprender en el curso de igual nombre que teníamos en la carrera. Claro que, teniendo en cuenta que duraba un cuatrimestre y que se daba en cuarto (cuando ya habías hecho prácticas durante al menos un par de años), era una asignatura predestinada a fallar miserablemente en nuestra formación.

Pero volvamos a nuestra historia, que me voy por las ramas. El martes pasado recibimos en la redacción una llamada en la que alguien, no identificado, ofrecía imágenes de una noticia. Bueno, de un cotilleo, más bien. El tipo en cuestión no pidió dinero ni nada de eso, pero se le despachó con un “No nos interesa, muchas gracias por llamar”. Y durante unas horas yo viví en una preciosa realidad alternativa en la que mis jefes habían recapacitado y habían visto la luz durante mi baja médica. Sin embargo, ayer el tema volvió a salir a colación. ¿Por qué? Pues porque mis jefes habían decidido publicar el cotilleo en cuestión, sin imágenes ni más información que el titular dado por el redactor callejero anónimo. Era lo de “No dejes que la verdad te estropee un buen titular” llevado al extremo. Pero como ya nos conocemos y mis ganas de pelear por estupideces no eran muy elevadas, dejé pasar ese tema. No así el hecho de que estuviéramos usando la información que alguien se había ofrecido a proporcionarnos sin que lo supiera. Así que solté un “Pues me parece fatal que demos esto” que, claro, no pasó desapercibido.

Pronto nos enzarzamos en una discusión sobre la ética de dar una noticia de este modo. Evidentemente el tema de citar fuentes se recibió como una broma de mal gusto. Pero lo que es peor es que nadie parecía entender que, de momento, la noticia le pertenecía al tipo que nos había llamado para ofrecérnosla. Según ellos, toda la información pertenecía al público, y no a los periodistas ni a los medios. Y en un mundo ideal me parece perfecto. Pero no vivimos en un mundo ideal. Porque por las exclusivas fotográficas del rey en un yate, o por los papeles de Bárcenas, se paga. Y bastante. Nadie duda de que en ese caso la información pertenece al que la ofrece, hasta que alguien paga por ella y, en ese momento, pasa a ser suya (del ¡Hola!, El País o la Hoja Parroquial). Luego el medio hace con ella lo que quiere, y a todos nos parece muy de puta madre. Pero claro, se me olvidaba un pequeño detalle. Resulta que el señor informador no era periodista. Y eso, aparentemente, lo cambia todo.

-A ver, si la información es suya lo menos que podemos hacer es llamarle y pedirle permiso para usarla, digo yo. Que aquí cuando otros nos mandan propuestas de reportajes, o fotografías, no las usamos si no pagamos por ellas. O si no llegamos a un acuerdo con el que las ofrece.

-Pero es que esas cosas nos las mandan periodistas, no señores de la calle que se han encontrado a una folclórica en El Corte Inglés y pretenden cobrarte por ello.

-Bueno, no sabemos si este señor era periodista. Ni si quería cobrarnos. Pero, sobre todo, ¿qué hay de malo en que quisiera cobrar por una información? Todo el mundo lo hace…

-Pues que no era periodista…

-Y dale, que eso no lo sabemos. Además, ¿qué hace a un periodista? ¿Un carnet?- vale, aquí nuestra intrépida heroína se metió en un berenjenal del que nunca sale nada bueno, pero es que a veces le pierde esa boquita que tiene.

-Pues sí, alguien que ha hecho la carrera, claro…

-¿Eres consciente de que nuestro jefe supremo, el director de esto, no estudió Periodismo?

Y aquí ya pasamos al bucle de que la información es del público. Igual a partir de ahora empezamos a fusilar directamente las noticias que aparezcan en otros medios sin pagar por ellas, que para eso son del público ¿no? Sería una buena forma de reducir gastos…

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¿Hola? ¿Hay alguien ahí?

Esa era la frase con la que el odioso Biff Tannen mortificaba a los varones de la familia McFly en Regreso al Futuro, una de esas joyas cinematográficas que nos convirtió a todos en geeks/freaks en potencia. Y es la que en ocasiones me gustaría soltarles a mí a algunos de mis Fulanitos queridos. Pero, aunque parezca que no, soy una persona seria y calmada (los de las carcajadas, al pasillo) y nunca la he usado. Al menos que yo recuerde (esta soy yo ensayando para alegar enajenación mental transitoria, ¿qué tal lo hago?).

Hay tantas clases de Redactorpes en el mundo como podáis imaginar, más una. Por supuesto mi redacción no es tan grande como para tener un ejemplo de cada, pero como mis Fulanitos son un encanto, se las han rifado, y acumulan una tras otra para hacerme los días divertidos y evitar la monotonía que supondría pelear siempre con lo mismo. Pero todos, absolutamente todos, tienen un algo que les hace especiales. Ese detallito tonto que repiten día a día, igual que tus discusiones con ellos. Con algunos, directamente, no discuto, que mi ingenio no es gratis. Con otros, lo intento una vez y luego desisto. Y por último están los que cada vez vienen a discutirte lo mismo y tú repites argumentación como un disco rayado. Pero hay uno en concreto que me tiene fascinada, hasta el punto de que jamás le he comentado su fallo, más por vergüenza que por otra cosa. Y es el caso del Increíble Redactorpe Que No Sabe Escribir Su Nombre. En serio.

Este señor, que escribe sobre cosas muy sesudas y que antes me parecían aburridísimas con un arte como pocos, que me alegra las tardes con sus textos, no sabe escribir su nombre. Miento, el suyo sí lo sabe. El problema viene cuando escribe el de otros que, curiosamente, tienen el mismo que él. Supongamos, por suponer, que este señor se llama Ángel. ¿Es fácil, verdad? Bien, pues cuando firma sus trabajos pone Ángel sin problema. Pero, oh, cosas de la vida, si está hablando de, por ejemplo, Ángel Acebes, entonces escribe Angel Acebes. Sin tilde. Una y otra vez. Artículo tras artículo. Y sé que se lee lo que publicamos, así que ve las correcciones, pero le entran por un oído y le salen por el otro. A la semana siguiente, Ángel Acebes vuelve a aparecer sin tilde. Y yo ya no sé si es megalomanía o falta de atención, pero me tiene fascinada. Del todo.

Y luego están los que hacen objeción de conciencia y me dificultan la vida un ratito.

Editora T: Fulanito, la RAE ha dicho que solo va sin tilde, hazme el favor de no volverlo a escribir acentuado, anda.

Redactor Fulanito: A mí me da igual lo que diga la RAE, siempre ha ido con tilde y con tilde seguirá yendo en mis artículos.

Editora T: No, si ya, si a mí la RAE a veces también me cae mal, pero aquí lo que dice va a misa y Menganito ya pasó un mail con las nuevas normas de estilo. Y hay que cumplirlas.

Redactor Fulanito: Eso también me da igual, yo voy a seguir escribiéndolo con tilde como protesta.

Editora T: Ya, pero sería más útil acampar en la Academia, porque lo que es aquí, no vale para nada. Cuando tu texto me llega hago un “buscar/cambiar” y listo. Vamos, que la protesta va de tu ordenador al mío…

Redactor Fulanito: Pues no lo cambies, mujer… Así se enteran los demás.

Editora T: Pero es que tengo que cambiarlo. Es MI trabajo, y si no lo hago la que se lleva la bronca soy yo por no cambiarlo, no tú por ponerlo. Así que según me llega tu texto es lo que hago, y lo que te pido es que, ya que tiene una utilidad de menos diez, en tanto en cuanto solo consigues que yo trabaje más, dejes de hacerlo. Si quieres ponerlo en la web, me parece bien, yo ahí ni entro ni salgo, pero deja de hacerlo en lo que me pasas a mí, por favor.

Redactor Fulanito: Pues me parece una tontería el cambio, y no veo por qué tienes que trabajar más, así que voy a seguir poniéndolo.

Derrotada, nuestra heroína se da la vuelta y vuelve a su sitio, incapaz de entender si es un problema de su discurso o de la capacidad neuronal del otro. Redactorpes, 1- Editora T, 0.

P.S. Sigo dándole vueltas a la idea de separar estas entradas en otro blog, por si algún día me da por contar las graciosas visitas a los médicos o el buen día que hace y a los que leéis esto no os interesan… ¿Comentarios a favor, en contra?

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Las reglas de oro (y II)

Como decíamos ayer (palabras que Unamuno hizo grandes), en mi revista hay dos reglas inquebrantables. Salvo cuando se quebrantan. Si ayer nos centramos en esa página web fuente de información y desinformación a un tiempo, hoy lo haremos en la otra institución que más quebraderos de cabeza nos da a todos. La RAE, la que fija y da esplendor (aunque yo sigo sin ver lo del esplendor por ningún sitio, qué queréis que os diga) y, de paso, nos vuelve locos con sus danzas y contradanzas.

Porque nosotros otra cosa no seremos, pero fieles seguidores de su Santa Palabra sí. Aunque no tengamos presupuesto para comprarnos la Nueva Gramática. O un mísero Diccionario de este siglo. Y, oye, estar al día de lo que dice alguien si no puedes comprarte sus lecciones es difícil. Pero debe ser que sí me pagan para pensar y encontrar fórmulas con las que hacerme con los textos.

El caso es que la RAE dispone y nosotros obedecemos. ¿Que ahora resulta que los pronombres demostrativos no llevan tilde cuando haya riesgo de anfibología? Pues los quitamos de un plumazo y renegamos de ellos. Que sí, que es sólo una “sugerencia” de la Santa Casa, pero nosotros tememos más a los académicos que al juicio de San Pedro, así que…

Pero a veces surgen dudas. Que es lo que pasa cuando tratas con Redactorpes o con esquizofrénicos sin medicar. En teoría las palabras cuyo significado popular no corresponde con aquel que les da la RAE las ponemos en cursiva, para indicarle al lector que la palabreja en cuestión no significa lo que ellos creen que significa (siempre me ha resultado fascinante el hecho de creer que los lectores conocen todas las definiciones de la RAE pero que no son capaces de sacar uno nuevo por el contexto en el que leen el vocablo). Así pues, durante muchos años, cuando hablábamos de los barones del PP o el PSOE, o de quien fueran, escribíamos barones. Y así con todo. O no.

Ayer surgió una de esas dudas.

Redactora Fulanita: ¿Escrache lo ponemos en cursiva o no?

Editora T: Sí, claro.

Editor Fulanito: No, en redonda.

Y yo no entendía nada, claro…

Editora T: ¿Cómo que no? Lo que existe es el verbo escrachar, y no significa lo que los medios están diciendo que significa.

Editor Fulanito: Pero el resto lo está poniendo en redonda…

Editora T: Como si quieren ponerlo en negrita. Escrache no existe. Y según la RAE escrachar significa “Romper, destruir, aplastar”. O bien “Fotografiar a una persona”. Y me da que los de los escraches no hacen ni una cosa ni otra. Según nuestras normas de estilo -aquí casi suelto una carcajada- deberíamos ponerlo en cursiva.

Editor Fulanito: Fulanita, no. Ponlo en redonda, que es lo que hacen los demás.

Editora T: ¿Y si los demás se tiran por un puente…?

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Las reglas de oro (I)

En mi trabajo (entiéndase en mi revista, que no en mi puesto) existen dos reglas de oro. Dos verdades que adoramos por encima de todas las cosas. Dos caminos que nos señalan el norte con absoluta precisión. A saber:

1. La Wikipedia no es una fuente. Ni para sacar historias ni para contrastar nada.

2. La RAE siempre tiene razón.

Imagino que el día que la RAE admita Wikipedia como fuente de información fiable tendremos un problema lógico con el que mis Fulanitos (también llamados Redactorpes) tendrán cortocircuitos mentales serios. Pero de momento estamos a salvo de problemas lógicos insoslayables.

Como decía, tenemos esas dos normas. Que se cumplen a rajatabla. Casi siempre. Porque si fuéramos lógicos y coherentes mi vida sería mucho más aburrida, y mis jornadas laborables un páramo de diversión e inspiración para estas entradas.

Hace poco más de un mes, el 13 de marzo de 2013 para ser más exactos, un grupo de señores vestidos con túnicas púrpuras acababan su cautiverio en una de las salas más hermosas del mundo y nombraban Papa a un argentino en el que nadie creía. Bueno, millones de argentinos sí, pero esos, evidentemente, no contaban. En mi trabajo, como a veces nos aburrimos mucho y tenemos un humor muy peculiar, hicimos una Papaporra. Ya os adelanto que no ganó nadie, así de buenos oráculos somos los periodistas.

El caso es que el 13 de marzo, a eso de las 7 de la tarde, los purpurados decidieron que el humo que saliera aquella tarde de la chimenea de la que llevábamos día y poco pendientes fuera blanco. Y nos plantamos todos delante de la tele. No para saber quién dirigiría los destinos de millones de católicos por el mundo, sino para saber quién había ganado la porra. Los que habían apostado a lo seguro, esto es, por Angelo Scola, querían repartirse ya el botín, convencidos de que había ganado. El resto les decíamos que hasta que no cantara la gorda, eso no se había acabado. Desesperados por nuestra negativa a darles sus 4 euros a cada uno (una fortuna, como veis) lo intentaron todo:

Redactora Fulanita: Es evidente que es Scola, porque le han cerrado la cuenta de Twitter…

Editora T: Se la cerraron a todos según llegaron a Roma…

Redactora Fulanita: Pero al resto se la han abierto ya.

Editora T: Me da a mí que no, pero puedes comprobarlo si quieres. Que el tema de los soplos está mal visto. Ahora bien, si encuentras la cuenta del Espíritu Santo, igual él nos ilumina a nosotros también.

Sí, empezaba a hartarme el tema. Que los 4 euros me daban igual, la verdad. Era una cuestión de actitud. De “yo sé mejor que nadie lo que está pasando aquí”. Y, con sus antecendentes, yo tenía sobradas razones para dudarlo. Pero lo mejor llegó cuando el Jefe, aquel que prohíbe usar la Wikipedia como otra cosa que no sea papel del water, decidió entrar en la batalla.

Jefe Menganito: ¡Ya está! ¡Es Scola!

Todos volvimos la cabeza a la tele, a ver si es que el tipo había salido al maldito balcón y no nos habíamos enterado. Pero no, allí no había nadie.

Jefe Fulanito: ¿Cómo que ya? ¿De dónde lo sacas? ¿Lo han dicho en L’Osservatore Romano?

Jefe Menganito: ¡¡¡No, no, pero en Wikipedia han cambiado la portada y la biografía de Scola!!!

Y el silencio se hizo en la redacción…

Editora T: ¿Perdona? ¿Dónde?

Jefe Menganito: En la Wikipedia. Mira, mira…

Editora T: ¿Así que ahora la Wikipedia es una fuente fiable? ¿Quiere eso decir que la puedo usar para consultar cosas o es privilegio de los jefes?

Las carcajadas que se oyeron no ayudaron a que me tuviera en más alta estima…

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Génesis de los Redactorpes

Existen, en mi trabajo, distintos tipos de redactores. Los que escriben como los ángeles, y cometen fallos muy tontunos, y los que nunca entenderé no ya cómo aprobaron la carrera, sino la EGB. Evidentemente los primeros no dan para grandes entradas, pero los segundos son un filón inagotable de anécdotas y momentos surrealistas. A los primeros los llamaremos Redactores. A los segundos, Redactorpes (palabro robado impunemente a mi amigo Marco Antonio).

Los Redactorpes tiene todos un punto en común: las opiniones ajenas siempre están equivocadas. Siempre. Aunque intentes convencerles de que mornagático no existe y que, en realidad, lo que ellos quieren decir es morganático. O que los toros embisten, y no invisten. Que yo a un alto cargo me lo puedo imaginar tranquilamente con cuernos y enfilando contra un capote, pero lo del toro poniendo medallas lo tengo más complicado. Poca imaginación que tiene una, supongo. Pero ellos, erre que erre. Incluso con el diccionario en la mano, ¡si sabrán ellos lo que quiere decir mornagático, vamos hombre! Y digo yo que lo sabrán ellos, porque la RAE todavía no se ha enterado. Démosle tiempo, eso sí. Que si durante un tiempo yo pude comerme unas cocletas, mientras me secaba con una toballa, no veo por qué los matrimonios entre un príncipe y una plebeya no van a ser mornagáticos un día de estos.

El colmo de esta actitud llega cuando el Redactorpe de turno cierra orejas y cerebro de una manera que ya quisieran los de Fort Knox. Y cuando eso pasa las conversaciones pueden ser eternas y tan productivas como mirar las musarañas, que es lo que yo hago llegado un punto. Y eso cuando no acabas con ganas de pegarle un tiro a alguien. Como hoy. A eso de las 3 de la tarde la Redatorpe Modelitos ha llegado a mi mesa hecha una furia:

-¡¡¡¿Se puede saber por qué habéis cambiado la foto de mi reportaje?!!!

-Nosotros no hemos sido, no tenemos esa capacidad. Si quieres, se lo cuentas al jefe…

-¡Es que estoy hasta las narices! -ya quisiera yo que hubiera sido tan fina- ¡Es que siempre me hacéis igual!

-Ya, pero es que nosotros no hemos sido…

-¡Es que la foto que habéis puesto no puede ir, porque si la ponéis me quedo sin fuente! ¡Y, claro, si me quedo sin fuente ya nos íbamos a reír!

-No, si yo te entiendo, de verdad, pero es que…

-¡Pero es que nada! ¡Es que además a mí nunca me dice nadie nada…

-Pues no veo por qué…

-… Y ya está bien de que la gente te cambie tu trabajo porque sí!

-¿Nos vamos a comer, que tengo hambre? -mi compañera de mesa me mira con ojos como platos.

-Por que a ver, ¿cómo narices le explico yo esto a mi fuente el viernes? ¿A ver?

-Pues le dices que lo ha cambiado tu jefe, que le llame a él.

-Pues menuda solución. ¡Es que hacéis lo que queréis siempre! ¡Sin consultar!

-Pues si no te gusta, te esperas a que llegue el jefe de comer y se lo cuentas a él. Que ha sido el que ha cambiado la foto.

-No, si ya sé que la ha cambiado él, pero es que ¡siempre igual!

-Ya, y si sabes que ha sido él, ¿por qué coño me estás gritando a mí?

-Es una pataleta, me estoy desahogando…

-Ya, pues la próxima vez o me traes un regalo, o hay sexo, o te quejas a una planta. Que a mí no me pagan para esto… Y ahora, me voy a comer.

En días así entiendo perfectamente a Oscar Wilde y su manía por corregir a todos. Aunque le metiera en problemas. No es de extrañar que este irlandés polémico, y a ratos incontinente, sea uno de mis héroes. Aunque espero no acabar como él, en la cárcel (tras un juicio que empezaba hoy hace justo 118 años), por llevar las cosas demasiado lejos.

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Dos años

Dos años sin entrar aquí. Sin leerme ni escribirme cartas para el futuro. Dos años sin hablar.

Ya ni recuerdo cómo era esto de abrirse y comenzar a hablar con uno mismo para que otros lo lean. Y opinen, critiquen y despiecen. Dos años de historias de amor y desamor, de mentiras y verdades frente a unas cañas. De amigos ganados y otros sólo alejados. O eso quiero creer. De proyectosinterminables que no te dejan dormir. De libros y música y cine y charlas y encuentros y desencuentros. Dos años de vida que recuerdo sólo a trozos. Como todo.

Pero he vuelto. Quizás para quedarme o quizás sólo por un pequeño instante.

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